Elecciones 2011, La gran Farsa

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El Despertar de la Conciencia Biológica

El Despertar de la Conciencia Biológica – Enric Corbera 15.09.2011


Enric Corbera, psicólogo especialista en Biodescodificación.

Enric Corbera tiene su consulta privada individualizada y también trabaja con grupos terapéuticos. Asimismo, anima Talleres de Constelaciones Familiares, Seminarios de Curación Emocional e imparte la filosofía basada en la obra Un Curso de Milagros.

Es Director del Instituto Español de Biodescodificación que se ocupa de la enseñanza de esta nueva aproximación a la enfermedad en España, que incluye a parte de la teoría específica, una formación en técnicas terapéuticas como son la Programación NeuroLingüística (PNL), la Hipnosis Eriksoniana y la Sofrología.

El camino del perdón, entrevista a Jorge Lomar

Dos frases: “No sé”, “El ataque no tiene sentido”

Pasos para entrar en la cadena del perdón, el verdadero  perdón que nos da la verdadera paz:

1º Acepto mi sentir: miedo, dolor, tristeza… Sin etiquetarlo

2º Tomo responsabilidad: el conflicto está en mi mente, no fuera.

3º Pido ayuda: Aceptar que “No sé”

4º Acepto la sanación: El programa volverá a ofrecerte la alternativa del “ataque” ante un determinado conflicto que se repite (culpando a los demás o a ti mismo) hasta que elijas la paz con la conciencia suficiente. Entonces habras superado el problema

Entrevista realizada para la Revista Uakix del 1 de Junio del 2011, dedicada al Camino del Perdón. Hemos elegido hacer la entrevista a Jorge Lomar creador de la Escuela de facilitadores del Perdón y autor de Inteligencia del Amor y Ecología Mental.

Psicólogos y Neurociencias. Emociones: qué emerge primero, el pensamiento o la emoción?

 

intelectoemocionAunque nuestro ego se resienta, a veces pareciera que pertenecemos primero al reino animal y después a la especie humana. Guerras, terrorismo, racismo, delincuencia, violación, pedofilia, violencia intrafamiliar, suicidio. Si bien evolutivamente hemos desarrollado la capacidad de razonar, podemos comportamos “irracionalmente”, dañando a otros o a nosotros mismos; una emoción puede atraparnos, desproporcionarse o aparecer fuera de contexto; podemos sentir rabia cuando “deberíamos” sentir pena, podemos llorar de alegría o de impotencia. Y todos estos fenómenos son universales, independientes de lo cultural. Siendo seres racionales, ¿cómo se conectan el sentir con el pensar? ¿Hay emoción sin cognición? ¿Hay razonamiento sin emoción (como en Mr. Spock)? ¿Es una idea la que genera un sentir o es una emoción la que nos invade inesperadamente, sin que nosotros hayamos jugado ningún rol?. ¿Será que estamos a merced de nuestras emociones o será que depende de nosotros extinguirlas?. ¿Seguimos enganchados a un estado anímico debido a un biofeedback de índole emocional o se debe al encadenamiento de nuestros propios pensamientos?

Apenas un 1% de ADN nos diferencia de nuestros primos, los chimpancés. Fuimos mutando hasta alcanzar nuestra actual corteza cerebral, gracias a la cual desarrollamos el lenguaje y la cultura, privativos de los humanos. No obstante, ellos no declaran guerras, no “delinquen”, agraden solo en defensa propia o de su territorio, no sufren de Alzheimer ni de esquizofrenia. ¿Serian estos fenómenos el precio a pagar por esa plasticidad neuronal que nos permitió evolucionar?. Las llamadas emociones universales – aquellas que existen desde los albores de la civilización pasando por todas las subculturas existentes – eran inicialmente biológicamente adaptativas, pero al entorno de hace 150 mil años. Por tanto, actualmente estaríamos viviendo una contradicción entre nuestra estructura constitutiva y nuestro ambiente. Nuestro organismo no sólo reacciona a lo que lo rodea, sino que – al mismo tiempo – lo hace respecto a su propio interior. Nuestro cerebro recibe señales tanto de su cuerpo como de su propio cerebro, conformándose un todo; es dicho sistema – en conjunto – el que interactúa con su medio.

Etimológicamente, emoción apunta a algo que se pone en movimiento, refiriéndose a procesos neuroquímicos y cognitivos, los cuales se traducen en impulsos involuntarios que inducen sentimientos (entendidos como la percepción consciente de las emociones) y que desencadenan reacciones automáticas. Ciertas emociones despiertan respuestas fisiológicas universales; sin embargo, en algunos casos, estos efectos son perceptibles sólo de forma inconsciente. Mientras que en Occidente se considera a la emoción como opuesta al pensamiento (implicando a la conciencia), para la psicología budista no presentan mayores diferencias entre sí, formando ambos parte de una totalidad integrada. Las emociones estarían inevitablemente cargadas de pensamientos y todo proceso mental complejo incluiría algún elemento emocional. La moderna neurociencia ha respaldado la visión budista. Nuestro cerebro no efectúa una distinción nítida entre ambos fenómenos, ya que las regiones cerebrales implicadas en lo emocional también lo están en lo cognitivo. Es decir, los circuitos neuronales involucrados se encuentran tan estrechamente interrelacionados que se trata de dos aspectos indisociables, aunque distintos.

Consecuentemente, no podemos dejar afuera nuestras emociones de nuestros pensamientos ni podemos tener pensamientos sin ninguna connotación emocional, lo cual tendría un sentido adaptativo, puesto que el aprendizaje suele ser más rápido y efectivo gracias a las emociones. Existen dos niveles o formas en que pueden relacionarse las emociones con los pensamientos. El primero se refiere a procesos básicos de tipo instintivo-biológico-emocional y el segundo a procesos cerebrales que comprometen las funciones superiores (procesamiento de significados emocionales, de pensamientos, aprendizaje, memoria, atención, etc.) Nuestras interrogantes apuntan al primer nivel, a las emociones más primitivas. Nuestro sistema nervioso contiene estructuras evolutivamente arcaicas encargadas de las funciones reguladoras necesarias para la supervivencia; entre otras, los mecanismos básicos de defensa (físicos e inmunológicos) y la evaluación de impresiones tanto internas como ambientales, en términos de amenaza o agrado. Estos sistemas no sólo regulan las funciones fisiológicas, sino que se trata de estructuras afectivo-evaluativas de los cambios corporales y del entorno, bajo el criterio valorativo de conservación del organismo. Dichas funciones reguladoras se expresan biológica y subjetivamente como respuestas emocionales y de sentimientos.

Las emociones se distinguen de otros fenómenos mentales principalmente por dos características: por su mayor velocidad (se despliegan en fracciones de segundo) y por la existencia de una tan veloz evaluación automática, que no advertimos un estado emocional sino hasta que ya estamos sumidos en el mismo. Solemos tomar conciencia de una emoción entre medio segundo y un cuarto de segundo – después – de que ha aparecido, no antes, no durante su gestación. Por ejemplo, no es que decidamos enojarnos, sino que súbitamente nos sentimos así y lo atribuímos a algo externo ajeno a nosotros mismos, siendo que fue nuestro propio cerebro el que evaluó las circunstancias de manera tan rápida que no nos dimos cuenta. Es por esto que a dicho proceso se lo denomina como automático e inconsciente.

En otras palabras, si bien no somos consciente de ello, es nuestro sistema evaluativo el que determina la emergencia de una determinada emoción; por lo tanto, no es que estemos a merced de fuerzas internas “desconocidas” ni de estímulos externos “conocidos”. De entre las dos propuestas principales respecto a la interacción entre lo emocional y lo cognitivo (Le Doux y Damasio), la más atingente para nuestras interrogantes es la de Le Doux. Para este autor, las experiencias emocionales y los sentimientos serían estados corporales resultantes de la activación amplia del núcleo amigdalar, implicando con ello que lo emocional ya ha sido mediado por procesos de la corteza y del hipocampo, por lo cual habría un cierto nivel de desarrollo consciente del cual no nos damos cuenta.

En resumen, lo más frecuente es que la emoción preceda o facilite la aparición de un pensamiento. No obstante, en términos muy generales, también es posible que “bajo ciertas circunstancias” una sensación y un razonamiento puedan ocurrir al mismo tiempo e, incluso, hay situaciones en las que el pensamiento puede anteceder a la emoción. Por otra parte, cuando ya nos encontramos inmersos en una emoción, existe un período refractario de tiempo durante el cual nuestra mente no puede considerar ninguna información nueva que refute la evaluación anterior.

En consecuencia, si queremos modificar nuestro estado emocional y comportarnos racionalmente, es imprescindible que esperemos. A modo de conclusión, una especie de “decisión” evaluativa automática e inconsciente, es la que desencadena una determinada emoción y nuestra percepción de dicha sensación nos lleva a pensar en una cierta dirección. Somos nosotros – ya conscientemente – quienes le damos una interpretación a lo que estamos sintiendo y quienes atribuímos lo que sentimos a ciertas “causas”, de acuerdo con nuestros sistemas de creencias. Pasado el periodo refractario, dado que un pensamiento suele desencadenar a su vez otros subsiguientes que mantienen o aumentan la emoción primigenia, dependerá de nosotros si la seguimos alimentando o dejamos de hacerlo, en lo cual está implicado lo que se conoce como el componente subjetivo de la emoción. En todo caso, respecto a la conducta, como esta sí que es voluntaria, vale la frase: “pensar primero y actuar después”.

Alejandra Godoy Haeberle